Muerte nada accidental de una ciclista (I).

Posted on 12 marzo 2011. Filed under: Pamplona | Etiquetas: , |

Antes de comenzar, amable lector, guardemos un minuto de silencio por las dos ciclistas muertas (si: ambas mujeres) en Pamplona en apenas unos meses. Una de ellas, insoslayablemente, en un carril-bici, y la otra, según todos los indicios y aunque aún no hemos tenido la oportunidad de comprobarlo, también.

Una ciudad. Dos muertos en bici. Dos carriles-bici.

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Y ahora, meditemos sosegadamente sobre la más reciente muerte de una usuaria de bicicleta en Pamplona. Porque quizá podamos, después de todo, lograr que de este suceso se derive finalmente alguna consecuencia positiva.

[Trinidad Remirez]


Se llamaba Trinidad Remírez. Tenía 60 años. Tenía dos hijos. Hacía deporte, incluso a nivel de club. Era muy apreciada en su entorno, activa y concienciada social e incluso sindicalmente. Trabajaba como administrativa en el centro de Salud de la Milagrosa. Iba, aparentemente con frecuencia y desde hace bastante tiempo, en bicicleta al trabajo. Teniendo un carácter deportista, es probable que llevase la mayor parte de su vida usando regularmente la bicicleta, y sin duda usaba su bici también para desplazarse por Pamplona, para hacer otras cosas normales de su vida.

El dia 3 de marzo pasado falleció tras sufrir un choque circulando con su bicicleta.

Su familia decidió donar todos sus órganos.

Con 60 años y ese currículum, Trinidad Remirez no tenía ni el carácter ni la edad para andar haciendo tonterías alocadas ni gamberradas con su bicicleta. No sabemos por donde circulaba (si por la acera o por la calzada) en las calles donde no había carriles-bici, y no sabemos por donde circulaba (si por la acera o por la calzada) en la calle Gayarre, donde murió, antes de que construyeran el carril-bici en el que murió.

Porque Trinidad Remírez murió, como ya sabemos, circulando por un carril-bici.

Uno tiene la impresión de que Trinidad Remírez era, y se sentía, perfectamente capaz de circular con normalidad por la calzada en la inmensa mayor parte de las calles de Pamplona. Pero aunque eligiese en algunas ocasiones circular por la acera, uno está seguro de que lo hacía con el debido cuidado, precaución y respeto. Uno tiene la nítida impresión de que Trinidad Remírez no necesitaba para circular el carril-bici de la calle Gayarre (en el que moriría), y uno no puede por menos que preguntase porqué cuando lo construyeron eligió circular por él: quizá lo hacía para sentirse más despreocupada. Quizá lo hacía porque, siendo una ciudadana respetuosa de la ley, civilizada y responsable, y dado que el Ayuntamiento de Pamplona había realizado aquella obra ostensiblemente para su beneficio, sentía que lo correcto era utilizarla. Quizá lo hacía por puro automatismo, porque, aunque estaba cómoda circulando por la calzada, había asumido sin darse cuenta la idea tan extendida en este país de que “el lugar de la bicicleta es el carril-bici”, y se había alegrado cuando en la calle Gayarre apareció por fin un “espacio propio para la bicicleta” en el que ella iba a morir.

Lo único que sabemos es que Trinidad Remírez estaba circulando tranquilamente, civilizadamente, sin hacer ningún alarde, acrobacia ni imprudencia, por el “lugar natural para su bicicleta”, provisto para ella por el Excelentísimo Ayuntamiento de Pamplona, cuando chocó contra la puerta de un automóvil que acababa de aparcar allí, y se partió la cabeza contra un bordillo.

En un momento dado (que llamaremos t-2) Trinidad Remírez se subió tranquilamente a su bici; otro momento después (t-1) estaba circulando tan tranquila por el carril-bici, y en el instante siguiente (t) estaba con la cabeza contra un adoquín. Sin transición. Sin aviso. Sin ninguna oportunidad.

Eso sí: podemos asegurar que Trinidad Remírez estuvo hasta el último instante en el carril-bici relajada, confiada y creyendose a salvo de incidencias. Es lo que en la terminología carrilbicista se llama “seguridad subjetiva”: el beatífico estado de creer que uno está seguro hasta el último momento, cuando ya es demasiado tarde.

No sabemos cómo se llamaba el conductor (o el pasajero) del automóvil que abrió la puerta contra la que se estrelló Trinidad Remírez, pero importa poco: la persona que abrió la puerta éramos todos nosotros. Todos entramos y salimos de coches todos los días, y abrimos y cerramos las puertas con hábito de años, prestando simplemente la atención justa para asegurarnos de que no se nos echa otro coche encima. Todos hemos tenido alguna vez, al abrir la puerta por la acera, alguna pequeña interferencia con un peatón, a quien hemos tenido que pedir disculpas, antes de seguir con lo que estábamos haciendo y olvidar el incidente. El señor que abrió la puerta contra la que se estrelló Trinidad Remírez tampoco estaba haciendo ninguna cosa rara, ninguna irresponsabilidad ni ninguna gamberrada: estaba haciendo lo que hace varias veces todos los días desde hace años: abrir la puerta de su coche para salir. Lo que hacemos todos.

Pero esta vez, Trinidad Remírez se mató contra su puerta.

En un momento dado (t-2), el automovilista aparcó su coche. En el momento siguiente (t-1), pensando en cualquier pequeño detalle de su vida normal, abrio la puerta. Un instante después (t) tenía a Trinidad Remírez agonizando contra un bordillo de la acera. Sin transición. Sin aviso. Sin ninguna oportunidad.

Y eso, amable lector, sin hacer otra cosa que intentar salir de su coche, como cada día durante años.

Trinidad Remírez sufrió ese dia una desgracia, pero el señor del coche no tuvo, precisamente, un dia como para festejar.

Trinidad Remírez no murió cometiendo un error o una imprudencia. Trinidad Remírez no murió como consecuencia de un error o de una imprudencia del automovilista. Lo que aquí tenemos es una situación en la que gente perfectamente bienintencionada, civilizada y respetable hace cosas completamente normales y como consecuencia de ellas alguien (Trinidad Remírez en este caso) resulta muerto. Sin transición, sin aviso y sin ninguna oportunidad.

Cuando gente normal, haciendo cosas normales, provoca la muerte de otra gente, aquí hay algo que está fallando horriblemente. Y aquí lo que está fallando horrilblemente es aquello que empujó a Trinidad Remirez a dejar de circular alerta por la calzada (o cuidadosamente por la acera) y le hizo meterse confiadamente en el lugar donde se iba a abrir la puerta que la mató.

Aquí lo que está fallando es el carril-bici.

Aquí no tenemos simplemente a una persona muerta y a otra persona con una muerte en su conciencia: aquí tenemos a una persona que ha muerto estafada: una persona que había depositado su confianza en el Ayuntamiento de Pamplona; una persona que había aceptado la explicación de que una determinada infraestructura se había construido para su beneficio, y que estrictamente como consecuencia de esa confianza y de esa credulidad, está ahora muerta.

La muerte por ingestión de carril-bici es, como sabemos, con toda probabilidad la más frecuente, y desde luego la más ignorada (tanto en su escandalosa frecuencia como en sus causas) forma de muerte entre la población de ciclistas urbanos. En medio de la ceguera colectiva ante la masacre, El atroz caso de Matilde Remírez es fascinante porque en él, como en el caso del señor muerto en el carril-bici en Canarias, la relación causal es completamente transparente e ineludible: aquí no puede desviarse la atención, como se hace habitualmente (por ejemplo en el caso mencionado de Yoana Stoyanova en Pamplona, unos meses antes, o en el caso de la chica muerta en el carril-bici de Sevilla o de los muertos en carriles-bici en Valencia), hacia una conducta incorrecta de otro individuo o del propio ciclista; aquí no hay imponderable alguno que pueda crear duda: aquí solo hay dos personas completamente normales, el carril-bici, y la muerte.

[Continua en Muerte nada accidental de una ciclista II].

Txarli
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